
Me doy por vencido, y de regreso a casa, al pasar otra vez por Montesión, me fijo que un mendigo no muy mal vestido pide limosna para comer. Paso de largo, ando unos veinte metros, me vuelvo y le pregunto si de verdad necesita dinero para comer. Por su respuesta me doy cuenta que no es un mendigo sino un desgraciado abandonado del mundo que no sabe ni quién es y que la antipsiquiatría le ha dejado sin amparo mientras Hereu, el alcalde barcelonés, manda a sus fieles a repartir caridad por Mauritania. Le doy 10 euros, tranquilizo mi conciencia, me doy media vuelta y, ¡que le atiendan los servicios sociales del Ayuntamiento!; al fin y al cabo, ¿qué puedo hacer yo? Cuando era niño a las misas de 7 y 8 de los barrios burgueses iba el servicio doméstico y los trabajadores. A la de 9 los deportistas y madrugadores. A las 10 y las 11 las familias cristianas repletas de hijos. La de 12 era para los abuelos, la de 1 para los enfermos, y había hasta otra a las 2 para rezagados, noctámbulos, borrachos y pecadores. Ahora el servicio se reúne en mezquitas y templos evangélicos. Los deportistas no van a misa y los madrugadores cultivan el footing. Las familias están de fin de semana, y sólo unos pocos abuelos, enfermos o pecadores siguen yendo a misa con su fe inquebrantable. «¿Qué puedo hacer yo?», se preguntará el cardenal arzobispo Sistach. Nada. Que el último apague la vela del sagrario. Esto es Barcelona."
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